ID Studio Theater: Trilogía de Rulfo

Llevo más de dos años viviendo en NYC y hoy ha sido la primera vez que he ido a ver una obra de teatro en la ciudad. ¿Por qué? Porque la oferta teatral neoyorquina es una jungla en la que me pierdo antes de entrar, y porque todo lo que hasta ahora ha despertado casualmente mi interés eran representaciones teatrales en inglés, lengua en la que – oralmente – apenas me defiendo para dar los buenos días y las gracias. Una pena, lo sé. Y una vergüenza que espero subsanar con el tiempo. De momento, lo único que puedo hacer es reconocer estas mis limitaciones ante toda puesta en escena donde la palabra sea un contenido esencial, pues ese es un teatro que no sé disfrutar si no comprendo lo que se dice en escena. Y sé que no sé por experiencia.

La novedad es que ahora, por fin, empiezo a descubrir que acá también se hace mucho teatro en español de calidad. Por ejemplo:

http://www.repertorio.org

http://idstudiotheater.com

Lo que hoy he visto ha sido un montaje de esta última compañía, el ID Studio Theater, creada en el año 2001 y orientada a satisfacer las necesidades de las comunidades de origen hispano de Nueva York. Su labor se desarrolla en varios niveles: a) en el nivel profesional, difundiendo el trabajo de profesionales de las artes escénicas y ofreciendo, además, una oportunidad de formación teatral a los interesados; b) en el nivel social, seleccionando obras y/o abordando cuestiones que atañen muy de cerca a las comunidades hispanas y c) en el nivel cultural, presentando sus espectáculos en español y en inglés, de manera que puedan llegar a todo el público de la ciudad.

El montaje ha sido TRILOGÍA, una obra basada en tres relatos del escritor mexicano Juan Rulfo y dirigida por el actor colombiano Germán Jaramillo:

http://www.rotativo.com.mx/entretenimiento/cultura/352914-inmigrantes-mexicanos-montan-trilogia-de-juan-rulfo-en-ny/

Y mi experiencia como espectadora no puede describirse sin presentar, antes, las lamentaciones que precedieron al espectáculo: Es triste ir sola al teatro porque no se tiene a nadie con quien ir. Es triste que ese teatro se encuentre en un lugar de Harlem llamado “Julia de Burgos Cultural Center”, y no saber quién demonios era Julia de Burgos. Es triste llegar la primera al teatro y que la persona encargada de darte la bienvenida y de sellar tu entrada sea, sin tú saberlo, el director teatral de la obra. Es triste no saber que ese director es un actor colombiano llamado Germán Jaramillo. Es triste haber visto a ese actor trabajando como protagonista en “La virgen de los sicarios”, y no reconocerlo en el momento en que hablas con él. Es triste haber hablado con él en un parco y balbuceante inglés. Es triste que, en el momento de comenzar el espectáculo, sólo hubiera 3 personas en la sala (más adelante llegaron algunos más). Y, en esas condiciones, es triste pensar lo peor: a) que el espectáculo se cancele por aforo insuficiente o b) que sea de una calidad pésima.

Por suerte, todas estas tristezas valieron la pena porque lo que vi fue un gran espectáculo. Por muchas razones. En primer lugar, destaco la adaptación que se hizo de los relatos de Rulfo: “Anacleto Morones”, “Paso del norte” y “Diles que no me maten” (los tres de El llano en llamas, 1953). Y la destaco porque, aunque no he leído esos relatos, llegaron a mí como si fuera el propio Rulfo el que me los leyera. Conozco su voz poderosamente dramática porque conozco Pedro Páramo (1955), una novela tan plástica y sonora que parece mentira que esté hecha de palabras; pero eso no significa que sea fácil adaptarla a escena. O sí, no sé. La cuestión es que es la primera vez que veo una adaptación teatral de un texto no teatral, y no me urge leer el original para valorar mejor la puesta en escena. La riqueza de esta última era palpable allá donde se pusieran los ojos y los oídos. Por eso, doy la enhorabuena a Linn Cary Mehta, responsable de la adaptación, quien actualmente trabaja como lectora de inglés en Barnard College.

En segundo lugar, destaco el trabajo conjunto del director y de los actores. Y aquí hay tanta cosa que no sé por dónde empezar. Empecemos por la versatilidad de los actores, quienes en cada pieza interpretan a un personaje diferente que contrasta claramente con el anterior en todos los aspectos: la voz, los movimientos, la expresión facial, el sexo, la clase o jerarquía social, el nivel de protagonismo individual o coral, etc. Sigamos con la increíble fuerza de los silencios y los cuadros estáticos, creados y mantenidos justo hasta el momento en el que asoma la perplejidad (o exasperación) de un público deseoso de acción. Esto forma parte de lo que yo llamo el universo sonoro y plástico de Rulfo, a lo que también contribuyen los “efectos especiales” (la sangre, el humo, etc.), los cambios de vestuario y maquillaje, el control del espacio que se percibe en la composición y dinámica de las escenas; así como la variedad de timbre y tono de las voces, el repertorio de sonidos humanos y no humanos que salen de la boca de los actores sin decir palabra y que sirven como marco, foco o panorama de fondo y, por supuesto, la música que acompaña gran parte del espectáculo. En conclusión, un trabajo redondo desarrollado sobre un escenario casi desnudo que merece mis más calurosos aplausos.

Por último, quisiera señalar el eco que la temática de estos relatos dramatizados puede tener en los espectadores de hoy. “Anacleto Morones” deja al descubierto la lujuria que a veces se esconde en santificaciones y beatas; “Paso del Norte” refleja el drama que tantos han vivido para pasar la frontera y entrar en EE.UU. y “Diles que no me maten” es un ejemplo de la violencia y la injusticia presentes en la vida rural de los campesinos. Juan Rulfo  escribió estos relatos hace más de 50 años y, sin embargo, hoy siguen tan vigentes como el día de su primera publicación. Desgraciadamente.

Necesitamos más teatro como éste, pero antes necesitamos apoyar la difusión de esta obra, pues no cabe en mi cabeza cómo algo tan valioso puede pasar tan desapercibido ante el público teatral neoyorquino.

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